miércoles 18 de enero de 2012

busque las faltas de ortografía

Las tres veces que hablé con Leonor, la sensación en el cielo era de color gris oscuro. Las persianas de la casa de mi madre, no dejaban pasar la luz que se había levantado y yo creía que la noche me iba a hacer transpirar helado.
No tengo muchos recuerdos de su cara, pero sí tengo la impresión de un olor a mugre o a pieza encerrada. Pues el juicio que le habían hecho era demasiado ajeno a su nombre de 80 quilates, demasiado digno de película porno.
Me hubiera gustado abrazarla, decirle que la encontraba hermosa.
Pero ese año finjir que tenía sostenes y que me moría por besárselos, era de una ingenuidad que no alcanzaba para creer en futuros demasiado nuestros.

Leonor sabía que se iba a morir, yo sabía que se suspendían sus cartas en poco tiempo, entonces amarré esos encuentros en pequeñas tardes descriptibles.
La primera tomamos ron, nos presentó mi tía Isabel, una mujer enorme que nunca pudo pronunciar las "t", millones de te amo fueron desperdiciados en su boca.
La segunda marchamos de incógnita en una de las primeras manifestaciones en contra de Pinochet, yo no sabía en esa época que nos íbamos a conformar con tan poco: un par de corbatas, platos bien servidos y múltiples odas a la meritocracia.
La tercera nos desnudamos en su living comedor.
La cuarta ya no vale, porque andaba con vestido negro y ella con el traje de palo.

Cuando era niña, me gustaba llegar con los zapatos sucios y odiaba la torta de manjar, su sabor empalagoso en la punta del paladar (una de mis comillas de lo deseable),

Para mi Leonor eran los zapatos sucios, era un sabor amargo, a café con naranja a sujeto impropio. Su razón fue desabrochar mi falda, enmarcar los recuerdos de mi adolecencia, apenas sentirla un par de veces y descubrir que su misión en mi vida no fue otra cosa que una caja envuelta en papel celofán, un misterio que yo misma creé y del que nunca hablé: un par de piernas que caminaban pero que no dejaban huellas.