sábado, 17 de enero de 2009

Sábado




He estado pensando en tomar tus manos y ponerlas sobre mis cachetes. Una por cada lado. Reírme de sorpresa y hacerme con eso un sándwich de cachetes.

Llevo tres años soñando con tus manitos.

O manos
O manotas

Esas son discusiones de hombre.

Y yo no soy un hombre.

Soy una abejita.

Son treinta años queriendo que me recorras con tus manos.

Manos.
Manitos.
Manotas.

Tres o treinta.
La eternidad es lo que vale la pena empezar a contar

Tres años son treinta y tantos años para un perro, una verdadera eternidad.

Para un perro.

Tú podrías entender entonces que tres años es tiempo más que suficiente para andar viendo tu reflejo en las ventanas.
Porque apareces y desapareces.
Te hago aparecer y te diluyes
En cualquier violento invierno te reflejas en las paredes de mi pieza, y yo las pinto de verde palta.

Y después de tantos años te diviso en una plaza.
Estás viejo, como demacrado.
Sólo la avalancha de años me hace estar segura de que tanta piel colgando en algún punto te aguanta. Y me regalo el placer de ver como seguimos vivos, cómo te ha hecho de mal la vida y me pregunto si acaso en ese borde de piel muerto queda espacio para un placer chiquitito, chico, chicotote.

Son treinta años, son miles.
Son las gotas de nuestro pasado agitándose como caballo de bandido, y te suplico.

Te reconozco.

Si esto hubiese sido hace un par de meses, te hubiese visto tan cambiado. Quizás ni te hubiese reconocido.

Pero han pasado ya los años.
Los que sean.
Y sigues siendo el borracho de siempre. El más grande de los boxeadores. El reloj sin cuerda. Mi buen amigo y mi mal hablado personaje.
Eres lo que habría querido de regalo de navidad, lo que hubiese comprado con mi primer sueldo.
Eres un juguetito de Matel.
Un juguete, un juguetote.

Y aún con toda esa piel encima, aún por sobre ese alud de grasa y polvo, aún más allá del accidente de cara que traes puesto, me sigo imaginado tus manos en mis cachetes.

Tus manos,

tus manotas,

tus manitos.